Amanece la primera luz
se detiene frena,
sobre tu cuerpo desnudo.
Tu cuello y los cálidos
laberintos de tu piel.
Convierten, tu delicada silueta
en un deslumbrante, paraíso
de suculento, placer.
Te muerdo, te muerdo, muerdo.
Con los labios, rendidos
como si pudiera,
alimentar mi alma
con tu calidez.
Mastico tus gemidos
te escucho
decir mi nombre.
Lejos, lejos, lejísimos
en la superficie
cerca de tus labios.
Sumergido en tu cuello
en tu garganta, escondido
bajo los mechones, rojos
me envuelven
como un antifaz de placer.
Quiero morder
tu respiración
entrecortada.
Tus labios me llaman, despacio
vuelves a pronunciar, ahora
pausadamente, parando
en cada sílaba, mi nombre.
Sonrío al oírte
vuelvo a hundirme
detenido sobre tu cuello
como un pañuelo de seda
atado a tu respiración
deslizo mi lengua
pierdo los sentido en las recónditas
cavidades de tu cuello.
Hundido, dentro de tu garganta.
Puedo sentir tu sangre fluyendo
en mis labios.
Latiendo en mi boca.
Sabes a estival alegría,
como en un delicado oleo de nuestra playa,
pinto caminos con sinuosas líneas.
Acaricio con delicada pasión
tu espalda desnuda,
besando una vertebra y la siguiente
para acabar bajo tu rojo cabello,
mastico con delicada violencia
la piel de tu nuca y torno aire
desde tu boca entreabierta.
Como una delicada brisa
nacida de pleamar
crece hasta inundarme de ti.
Cerca de la infinita playa
de tu piel,
en el rompiente me pierdo
en cada grano
de las arenas de tus piernas.
Eres exquisita
un vino de garnacha,
eres fruta prohibida,
el néctar salvaje y silvestre
de una planta desconocida de un mundo nuevo.
En mi boca cada gota de sudor
se convierte en un río bravo
de pasión desenfrenada.
Cae dentro de mí como si bebiera un cáliz
bendecido en el altar de tu sonrisa.
Me muevo despacio,
sigiloso,
palpo cada recóndito lugar,
aprendo caminos ignotos,
prístinas selvas de frondosos árboles,
tus mechones son lianas brotando del éter,
entretengo cada pedazo de mí
con mis dedos atados a cada inspiración
de tu cálida piel
como si pudiera sostener mi cuerpo
en el aire que expiras.
Como si de una reverencia
se tratara me postro a tus píes.
Beso lentamente tu abdomen,
arrodillado para venerar tu torso desnudo,
le rezo a cada pliegue,
pongo una vela a la ermita de tu ombligo,
cantando una salve
con mi lengua sobre tu cintura,
con un rosario voy sumando oraciones
escribo salves con mis sentidos
sobre tu piel.
Lentamente, describo horizontes
de amaneceres rojos,
arrancado jirones de placer sobre tu cuerpo.
Clavo mis manos en las paredes de tus columnas
me paseo desde tus pies hasta tu cintura,
en el templo de tu abdomen
con los parpados vencidos,
abro una senda entre las caricias
de tus manos enredadas en mi cabello.
Con las yemas de mis dedos encendidas
arden alma, psique y carne,
caigo perdido en una sima
desde donde brota una luz
iluminando tu espalda.
Busco en vano, el camino de vuelta.
Las venas de tu cuello son arneses
con la piel empapada desciendo
un poco sobre tu pecho
escalo sobre tu piel
y me dejo caer
sobre tu cuerpo desnudo.
Te muerdo, te muerdo, muerdo.
Dibujo círculos concéntricos,
hasta acariciar,
hasta besar con delicadeza cada pezón,
me encuentro en los latidos de tu pecho.
Soy aire entrando por tu boca
para escapar por tus labios entreabiertos,
sólo, cuando pronuncias mi nombre.
Mastico palabras,
muerdo un urgente fraseo
y son las sílabas
de tu hermosa belleza, María.

Deja un comentario