Nacer, mientras estiro los brazos como si pudiera alcanzar tu latente recuerdo y abrazar tu sereno halo.
Olas sugieren párpados, cerrados en orbitas elípticas, pasajeros párpados de tu peregrinar.
Buscarte alegría en el sueño de una estatua donde hay grabado un mapa con rutas prístinos hacia paisajes hechos de dulzura y felicidad.
Morder, briznas de vida, a tu ribera.
Masticarte, lentamente, con delicada dulzura María.
Beber de las fuentes de tus anhelos y saciarme de alegría.
Vivía en el reflejo desfigurado de un espejo roto en mil pedazos,
ahora reparo mi reflejo con alegrías nacidas del hilo de tu voz.
Curvado con decepción, arrasado, el cuerpo parece envejecer se encorva para soportar el peso de la tristeza y la desazón. Se hunde en un lago oscuro y solitario.
Pero una avalancha de futuros contigo, arrasa con la pena, la mentira, la hipocresía y el miedo, siempre y cuando, María, me lleves de tu mano.
Abrazar tus alas de fuego para renacer, rozar los parpados besarlos y soltar la luctuosa desdicha allí en ese abismo de soledad donde sólo se escucha el eco de un grito hecho de tristeza, ahogado de angustia.
Visitar tus ojos quizás abril, quizás primavera, quizás mañana y pasado mañana.
Quizás verano en nuestra playa. Quizás siempre.
Sentarme en tu iris, como aquella mañana, aquel amanecer juntos en Benicasim.
Llorar, reír, reñir, soñar, vivir, sentir, desde aquí hasta el final de la última frase de ese párrafo esquivo, que hemos de escribir juntos.
Seguir las migas como en aquel cuento, para construir allí en un claro, en medio de nuestro destino, un hogar hecho de pequeños granujas empeñados en colmar los días de increíbles sueños desbordando sus cuerpecitos.
Mecer los mares, acunar los océanos como quien juega en una playa de carcajadas. Cada día, cada hora, cada minuto latir como aquel segundero latiendo hermosos instantes de vida, de luz, latiendo deseos y emociones. Siempre juntos, María, SIEMPRE.
Anhelar ser luna, ciclos, vida, espirales y dormir acunado por tu sonrisa.
Llenar de alegría cada desbordante deseo.
Avalanchas de flores arrasan de polen hasta el ultimo rincón de tu bendita espalada, como un campo de frutales carcajadas. Alegría de ramas infinitas, de caricias sin tocarte, de besos sin morderte, alegría de ramas interminables en tus ojos del luna,
Tus ojos de luna, María.
Probarnos una vida a medida hecha de confianza.
desarmar la roja esencia de sus labios,
tallar un eclipse perfecto sobre la incertidumbre.
Desvestir tu silueta y desnudarnos de miedos.
Dejar caer los enamorados pétalos. Reclinadas las murallas, rendidos, tumbados y abrazadísimos desaparecemos en un lecho de polen y altísimos sueños.
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